El CEGE es el resultado de un gran esfuerzo colectivo, pero de nada hubiera servido semejante esfuerzo si no se hubieran hecho manifiestas las múltiples afinidades que han facilitado nuestra convivencia cotidiana y la estructuración de nuestra organización alrededor de una visión compartida por todos: la imagen de una vida común, dedicada a la investigación, la docencia y el servicio comunitario. Estas afinidades, sin embargo, no están basadas en aspiraciones compartidas tanto como en la coincidencia de nuestros valores, ya que estar de acuerdo en lo que resulta valioso para la vida es, por mucho, la inspiración de nuestra comunidad sapiencial.


La investigación, por ejemplo, aunque somos conscientes de que sólo es un medio para alcanzar nuestros objetivos, representa un “ valor imprescindible” para nosotros, debido a que la concebimos, no sólo como una actividad intelectual que nos regocija, sino como una «forma de vida» que garantiza la consecución de nuestras metas, fines y objetivos. La investigación resulta valiosa por sí misma, porque nos la representamos como una actividad benéfica para la vida.


En el mismo sentido, también hemos hecho de la educación un valor que inspira nuestra reunión profesional. Al tomarla como algo valioso por sí misma, sin embargo, no la estamos concibiendo como “potencia lumínica”, es decir, como «Ilustración», sino como “formación para la vida” o, mejor dicho, como “formación para vivir la vida”. La idea de investigación, de esta forma, ha quedado estrechamente ligada a la idea de educación en nuestra axiología, dando como resultado la emergencia de otro valor: la autonomía.


No puede haber algo más valioso para quienes desean dedicar su vida a la investigación que la educación autónoma: la capacidad de educarnos a nosotros mismos mediante la investigación. Es cierto que la autonomía, concebida de esta manera, fuerza a vivir dedicado al estudio, pero no consideramos que esto sea un problema o algo que lamentar, por el contrario, pensamos que dedicar nuestro tiempo al estudio es como consagrarnos al cuidado de algo indudablemente sagrado: la libertad de nuestro pensamiento. Nos hemos cuidado, por lo mismo, de no confundir la autonomía con el individualismo, lo cual no ha sido difícil debido a que todos en el CEGE apreciamos el valor de la vida en comunidad y del trabajo comunitario. Y esto último no sólo nos parece efectivo en relación con la idea de una vida consagrada al estudio y la investigación; también creemos en el valor de la comunidad en otros ámbitos y formas de vida.


La autonomía, de hecho, la concebimos como un “valor comunitario” que nos ha permitido explicar la valía que también le damos a la diversidad cultural, pues consideramos que ésta no es sino un signo de la autonomía y autodeterminación de los pueblos.


Otros valores que guían los ánimos de nuestra asociación son la solidaridad, el respeto, el compromiso, la comunicabilidad, la adaptabilidad y la vocación de servicio, valores que cobijan el que quizá sea nuestro valor más preciado: la amistad. Los «lazos de amistad» son fundamentales en todos los proyectos que alimentan al CEGE, tanto en lo que se refiere al ambiente de trabajo como en lo referente a la cohesión del grupo. Pensamos, además, que la amistad es un valor que garantiza la honestidad de nuestros objetivos presentes y futuros, así como la fortaleza que se requiere para sacar adelante un proyecto tan demandante. También es la amistad lo que orienta nuestro intereses y compromisos sociales.


Vale la pena destacar que también valoramos la socialización del conocimiento, la crítica constructiva, la planeación y la organización estratégica, así como la autodisciplina, la creatividad, la responsabilidad y la persistencia.